
Por: Fredy Loza Gallegos
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La Asamblea General del Episcopado Latino Americano que se celebró en Medellín de 1968, marca, sin duda, un antes y un después en la historia de la Iglesia Latinoamericana. Quizá ningún documento de la Conferencia ha sido más citado. se enmarca así en la revisión a fondo de su pastoral, en el escrutar los signos de los tiempos y en la renovación en profundidad que marca el Vaticano II.
Uno de los análisis más profundos fue sobre la RELIGIOSIDAD POPULAR donde reconoce que la gran masa de bautizados de América Latina, las condiciones de fe, creencias y prácticas cristianas son muy diversas. La RELIGIOSIDAD POPULAR es fruto de una evangelización realizada desde el tiempo de la Conquista, con características especiales. Es una religiosidad de votos y promesas, de peregrinaciones y de un sinnúmero de devociones, basada en la recepción de los sacramentos, misas de niño, procesiones, etc. Que tiene más bien repercusiones sociales que un verdadero influjo en el ejercicio de la vida cristiana. Esta religiosidad, más bien de tipo cósmico, en la que Dios es respuesta a todas las incógnitas y necesidades del hombre. Sus expresiones pueden estar deformadas y mezcladas en cierta medida con un patrimonio religioso ancestral donde la tradición ejerce un poder casi tiránico; tienen el peligro de ser fácilmente influidas por prácticas mágicas y supersticiones que revelan un carácter más bien utilitario y un cierto temor a lo divino, que necesitan de la intercesión de seres más próximos al hombre y de expresiones más plásticas y concretas.
Desde el punto de vista de la vivencia religiosa, sabemos que no todos los hombres aceptan y viven el mensaje religioso de la misma manera, no todos manifiestan su religiosidad ni su fe de un modo unívoco. Hay que revisar muchas de las devociones para que no sean tomados sólo como intercesores de pedidos, sino también como modelos de vida de imitación de Cristo. Que las devociones y los sacramentales no lleven al hombre a una aceptación semifatalista, sino que lo eduquen para ser co-creador y gestor con Dios de su destino, impregnados de la luz de la palabra evangélica. Fallar en esto sería traicionar a Dios que nos ha confiado su Mensaje y al hombre que lo necesita para salvarse.
Este criterio de Medellín 68 parece estar hoy mas vigente que nunca donde las devociones de los pases de niño se prestan para cualquier manifestación de características ambiguas, inadecuadas incluso nocivas. Donde lo que más falta es la vivencia de la palabra evangelizadora de salvación, y sobran la presencia de los políticos.