
Por: Walter Burbano Iglesias
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- Riobamba
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Dicen que el diablo llenó de flores el camino al infierno y Dios con su conocida conducta voluble de bondad unas veces y de vendetta y castigo en otras llenó de espinas el camino al cielo; que a propósito nadie conoce estas Sedes más allá de su propia experiencia de vida en sociedad y familiar.
Exactamente se presenta la misma situación cuando se pretende aplicar, en un régimen político, cambios que repercuten el equilibrio social de un pueblo.
La historia humana está plagada de sangrientas experiencias en la constante búsqueda de un equilibrio entre la riqueza y la justicia de la base social contra los grupos que por encontrarse en el vértice superior de esa estructura; se opondrán por todos los medios a perder sus privilegios y beneficios obtenidos a costilla del esfuerzo de las mayorías, apropiándose ilegítimamente de la plusvalía del trabajo, del usurero usufructo mercantil, además de perder espacios de Poder.
En medio de estas contradicciones que los filósofos lo denominaron la dialéctica y mirando al mundo desde esta perspectiva; la memoria histórica recordará las grandes revoluciones victoriosas nacidas al fragor de cruentas batallas y consolidadas con el apoyo de sus pueblos; así como contrarrevoluciones que retornaron sus efectos al punto de partida, o más atrás.
Las más famosas revoluciones de la civilización contemporánea nacieron y se impusieron por la fuerza participativa de la base social, del pueblo y sostenida con el sacrificio y transparencia autoimpuesta de sus líderes; es que demás está recordar que el verdadero revolucionario es el hombre nuevo; por lo mismo debe ser el espejo en el que se mira su pueblo.
Desde la Revolución Francesa, la Bolchevique, la Mejicana, la China, la Cubana. Y otras de menor trascendencia mundial; engendraron dirigentes distinguidos que hicieron de sus vidas el sacrificio al servicio de sus ideales, por lo que muchos perdieron la vida en su empeño.
Lamentablemente, estas revoluciones luego de cumplir los objetivos inmediatos sucumbieron, por los errores y equivocaciones en la gobernabilidad, sucumbieron por el aprovechamiento y oportunismo de los que les sucedieron en sus gobiernos. El apoyo del pueblo a cualquier tipo de cambios se mantiene en la medida que sus líderes reflejan la vida de quienes les eligieron como sus dirigentes.
La dura situación del pueblo abonada por fuerzas revolucionarias que no desmayaron en su lucha contra los regímenes neoliberales, en los albores del siglo XXI eligen gobiernos progresistas en América Latina; algunos como el ecuatoriano con profundo tinte nacionalista que implementó políticas favorables a los sectores populares, especialmente los primeros cinco años.
A dos años de terminar el período del Presidente Correa se evidencia un desgaste por los errores y algunas políticas equivocadas, aparte de haberse convertido en una carga el aprovechamiento de algunos dirigentes y funcionarios. El impuesto a las herencias y plusvalía son únicamente detonantes de este descontento que está siendo bien aprovechado por la derecha, por lo que el Gobierno en vez de anunciar un diálogo, que será de sordos, debería implementar una lucha franca, profunda, abierta, transparente, contra la corrupción y el nepotismo. Una revolución al interior de lo que llaman su revolución, que retome la confianza de su pueblo. De no hacerlo así. El camino empezará a llenarse de flores.